2 de Noviembre de 2013. Colliure, sur de Francia.
Para todos aquellos que no conozcan ese pueblecito, decirles que está
en la costa mediterránea francesa. Es pequeño, turístico, precioso y a quince
minutos en coche desde la frontera española de Port Bou.
Justo en el centro del pueblo, tras los dos pequeños y coloridos
edificios que obliga a la carretera a rodearlos para proseguir su Camino al
norte está el pequeño cementerio, dedicado según una placa en la entrada a los
Caídos por Francia.
Nada más entrar, en el espacio central y
más destacado, una tumba siempre con flores frescas, de una sencillez como
siempre fue la forma de vida de quien allí reposa, tal parece como sí nos
acogiera y nos brindara una serenidad imperecedera.
Dos cuerpos españoles quedaron allí con
tres días de diferencia: el hijo y su madre para quién, seguramente, la vida
había perdido su sentido.
Un cementerio donde se habla en el español
de todos los idiomas de este gran país, donde gentes de todos los rincones de
España, con respeto y lágrimas en los ojos, rinden su homenaje a un gran
español al que se le acabó la vida nada más tener que dejar su tierra.
No fueron los únicos que sucumbieron a un
exilio obligado, fueron muchísimos más. Y no solamente quedó un reguero de
sangre española en Francia, también en Inglaterra, Méjico, Argentina,
Marruecos, Estados Unidos, Rusia......, sin olvidar a todos aquellos que aún
hoy (¿estamos en 2013, siglo XXI?) se preguntan por qué siguen bajo el anónimo
barro de cualquier cuneta o junto al muro donde fueron ajusticiados.
Colliure, Don Antonio Machado y una España
que no pudo ser. Una España que no dejaron ser.
(Postdata:
este breve homenaje fue escrito a mediados de 2013 aún con un nudo en la
garganta y una pregunta para la que no encuentro respuesta: ¿Por qué aún hoy no
están sus restos en España para ser venerados en un panteón de hombres
ilustres?)
Garganta de
los Montes (Madrid), 25 de Julio de 2015
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